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Sus escasos medios y el esmero en la educación de su hijo fueron buenos pretextos para recluirse en un barrio residencial de las afueras, alejado de la sociedad, en donde se dedujo que estaba expiando, con malos alimentos y ropa de confección, su imprudente menosprecio de la riqueza. Asumiera la penitencia de la señora Peyton esta forma o no, lo cierto es que manejó sus recursos con tanta audacia que no sólo pudo darle a Dick la mejor educación, sino también proponerle, al dejar Harvard, que prolongara sus estudios de Bellas Artes durante otros cuatro años. Había sido la alegría de su vida que su hijo mostrara pronto una marcada disposición hacia una rama concreta de trabajo. No habría soportado ver que quedaba reducido a ser un mero fabricante de dinero, aunque no lamentaba el hecho de que sus reducidos medios impidieran el cultivo de una improductiva vida de ocio. En sus días de universidad, Dick la había preocupado por una sobreabundancia de gustos, por su impaciente revoloteo de una forma de expresión artística a otra. Deseaba practicar cualquier forma de arte que le hiciera disfrutar, y pasó de la música a la pintura, de la pintura a la arquitectura, con una facilidad que a los ojos de su madre parecía indicar más la ausencia de un proyecto específico que un exceso de talento. Había observado que estos cambios se debían generalmente, no a la autocrítica, sino a cierto desaliento externo. Cualquier ataque a su trabajo bastaba para convencerle de lo inútil que resultaba perseverar en esa forma concreta de arte, y esa reacción le llevaba al inmediato convencimiento de que en realidad él estaba destinado a destacar en alguna otra materia. Así, había ido pasando de una vocación a otra hasta que, al final de su carrera universitaria, su madre dio el paso decisivo de matricularle en Bellas Artes con la esperanza de que el estudio de un tema específico, combinado con el estímulo de la competencia, pudiera consolidar sus titubeantes aptitudes. El resultado confirmó sus expectativas, y los cuatro años en la Rue de Varennes demostraron felizmente que podía confiar en él. El talento de Dick fue reconocido no sólo por su madre, sino también por sus profesores. Estaba absorto en su trabajo y sus primeros éxitos aumentaron su perseverancia. El único recelo de su madre residía en que continuaba dependiendo demasiado de los elogios. No estaba segura de cuánto tiempo podría su ambición seguir amparándole ante un fracaso. Respondía magníficamente cuando sabía que iba a obtener algo a cambio; pero quedaba por ver si era capaz de trabajar sin un reconocimiento posterior. Ella le había educado en un sano desprecio por las recompensas materiales y la naturaleza parecía, en este sentido, haber secundado su formación. El dinero le resultaba sinceramente indiferente, y su disfrute de la belleza era de esa feliz variedad que no genera un deseo de posesión. Mientras su fuero interno dispusiera de alimento suficiente que poder admirar, apenas se preocuparía por la escasez que pudiera existir a su alrededor; o, mejor dicho, él consideraba que la suma total de la belleza que le rodeaba constituía ya una muy valorada posesión que le liberaba de los desasosiegos que siempre acarrea el deseo de acaparar propiedades. La señora Peyton había cultivado hasta el exceso esta indiferencia por las condiciones materiales, pero ahora comenzaba a preguntarse si, al obrar así, no habría ejercido demasiada presión sobre un temperamento ya por naturaleza exaltado. Al reprimir otros intereses, quizá había fomentado en él con demasiada exclusividad esas actitudes que en ella, debido a sus propias circunstancias, se habían desarrollado de un modo inusual. Tanto su entusiasmo como su indiferencia resultaban demasiado categóricos para disponer de ese feliz término medio en el carácter que es la mejor defensa contra las sorpresas del destino. Al enseñarle a otorgar un valor extraordinario a las recompensas inmateriales, ¿acaso no había conseguido únicamente desplazar ese punto de peligro en que siempre habían residido sus temores? A veces se estremecía al pensar cómo un poco de amor y una vigilancia de por vida habían servido para desviar terribles propensiones heredadas.


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