Santuario
Santuario Se levantó de su escritorio donde, con una lista en la mano, había estado repasando las invitaciones para la boda, y caminó hacia la ventana de la salita. Todo a su alrededor parecía contribuir a esa extraña armonía, alcanzada gracias a la cuota que cada uno de sus sentidos le había ido aportando: el frescor de la estancia, su magnífica amplitud tan cargada de tradición, sus vistas a los campos y bosques extendiéndose hacia el lago bajo el plateado esplendor de septiembre, el propio aroma de las últimas violetas en un jarrón sobre el escritorio, el montón de hortensias rosadas y malvas dispuestas en maceteros por el balcón, la caída, de vez en cuando, de una hoja por el aire en calma… Todo, de algún modo, se fusionaba para incrementar una sensación de bienestar que, no obstante, hacía que aquellos estímulos parecieran meros montones de algas flotando inermes en la corriente.
