Santuario

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Con la llegada del nuevo día, envió a otro mensajero, uno de sus propios criados, que regresó sin haber visto a Dick. El señor Peyton había mandado decir que no se había producido ningún cambio. Escribiría más adelante. No deseaba nada. El día transcurrió sombrío. En una ocasión, Kate se descubrió contabilizando las preciosas horas que Dick estaba perdiendo, sin poder invertirlas en su tarea inacabada. Se ruborizó ante su inquebrantable egoísmo e intentó volver a centrarse en el pobre Darrow. Pero no podía dominar sus impulsos y ahora se sorprendía albergando la idea de que su enfermedad, al menos, le dejaría fuera del concurso. Pero no… Recordó que le había dicho que ya había terminado su trabajo. Pasara lo que pasase, se interpondría en el camino de su hijo hacia el éxito. Se odiaba a sí misma por alimentar pensamientos semejantes, pero lo cierto era que no iban a cesar.

La tarde pasó sin que le llegara ninguna nota de Dick. Por fin, enfrentándose avergonzada a todos sus temores, pidió un coche y subió a cambiarse. No podía mantenerse más tiempo al margen: debía ir a ver a Darrow, aunque fuera tan sólo para huir de sus infames pensamientos. Mientras volvía a bajar, oyó la llave de Dick en la cerradura. Aceleró sus pasos y cuando llegó al pasillo, él estaba allí, de pie ante ella, sin hablar.


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