Santuario
Santuario Denis Peyton estaba acostumbrado a que le recibieran con una sonrisa. Se le podía perdonar el hecho de que pensara que las sonrisas constituían el ropaje habitual del rostro humano, y que su consideración de la vida y de sí mismo se viera teñida necesariamente por la cordialidad en que ambos términos se habían encontrado siempre. De hecho, desde el principio había pensado que la vida era un negocio excepcionalmente agradable destinado a culminar, de forma bastante apropiada, en su compromiso con la única joven con quien siempre había deseado casarse, y en la aceptación de la herencia de su pobre hermanastro, que le había dejado una fortuna que ampliaría sus horizontes de manera muy grata. Tal combinación de circunstancias podía justificar el que un joven pensara de sí mismo que tenía cierta trascendencia en el universo. Y, en un último toque de idoneidad, resultaba que el luto que Denis todavía llevaba por el pobre Arthur le otorgaba una renovada distinción a su, de otro modo, un tanto enrojecido buen aspecto.