Santuario
Santuario A Kate Orme le hacía gracia la manera de pensar de su futuro marido, pero podía aceptarla gracias a la tolerancia con que se permite la intervención del elemento inconsciente en todos nuestros juicios. No existía, por ejemplo, nadie más sentimentalmente humano que la madre de Denis, la segunda señora Peyton, una mujer fragante y de cabello plateado cuyos modales neutros y colores azul lavanda evidenciaban una mentalidad que había decidido cerrar los ojos ante todo lo desagradable de la vida. No obstante, era obvio que la señora Peyton veía una «dispensa» en el hecho de que su hijastro nunca se hubiera casado y que su muerte le permitiera a Denis, en el momento justo, dar un gracioso paso hacia la opulencia. ¿No era, después de todo, propio de una mente sana aceptar los regalos de los dioses en esta religiosa disposición, hallando pruebas evidentes del «designio divino» en el triste hecho de que Arthur hubiera resultado inmune en el pasado a cualquier tipo de correctivo? La señora Peyton, segura de haber hecho «cuanto estaba en su mano» por Arthur, habría considerado poco cristiano lamentarse por el providencial fracaso de todos sus esfuerzos. Las deducciones de Denis eran, por supuesto, menos directas que las de su madre. Además, él se había encariñado con Arthur, y sus esfuerzos por mantener al pobre hombre en el buen camino habían sido menos jactanciosos y más espontáneos. Los resultados se podían apreciar, si no en un cambio en el carácter de Arthur, sí al menos en los nuevos términos de su testamento, y el sentido ético de Denis se vio gratamente fortalecido por el descubrimiento de que ser un buen tipo era algo que merecía enormemente la pena.