Santuario
Santuario Esa predestinación general en la que la señora Peyton basaba sus creencias se había visto de hecho confirmada por ciertos acontecimientos que redujeron el luto de Denis a un mero gesto de respeto, ya que habría sido una farsa lamentar la desaparición de alguien como el pobre Arthur, que había dejado tras de sí tan indeseable estela. Kate no sabía del todo qué había sucedido: su padre compartía con la señora Peyton el firme convencimiento de que las jóvenes no debían estar presentes en los debates abiertos acerca de la vida. De los silencios y evasivas entre los que se movía, tan sólo pudo adivinar que había una mujer. Una mujer que era, por supuesto, «horrible» y cuya horrible condición incluía una especie de enigmática demanda contra Arthur. Pero la demanda, fuera la que fuese, había sido puntualmente desacreditada. Toda la cuestión se había desvanecido y, con ella, la mujer. Los ojos volvieron a cerrarse ante el lado desagradable de las cosas, y la vida continuó sobre el consenso de que éste, simplemente, no existía. Lo único que Kate supo fue que una oscura nube había surcado el cielo sobre sus cabezas y que luego éste había vuelto a quedar tan limpio como antes.