Santuario

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Gracias a todos esos años de solitarias previsiones, era capaz de mantener una extraordinaria actitud alerta ante distintas posibilidades. Comprendió de inmediato que la situación era tan peligrosa porque implicaba un mínimo riesgo. Darrow había elaborado sus planos para el concurso sin ayudantes, y su aislada vida casi garantizaba que no se los habría mostrado a nadie y que tan sólo Dick y ella sabían que estaban terminados. Por otro lado, formaba parte de las obligaciones de Dick revisar el contenido de la oficina de su amigo, y al hacerlo nada resultaría más sencillo que apoderarse de los dibujos y utilizar cualquier parte que pudiera servirle. Tenía el permiso de Darrow para hacerlo y, aunque el hecho implicara una leve contravención de la probidad profesional, ¿no podía apelarse a los deseos de su amigo como secreta justificación? La señora Peyton se descubrió casi odiando al pobre Darrow por haber sido el inconsciente instrumento de la tentación. Pero ¿qué derecho tenía ella, después de todo, a sospechar que Dick fuera a plantearse, siquiera por un instante, el acto del cual estaba ella tan dispuesta a acusarle? Su poca disposición a mostrarle los dibujos podría haber sido una consecuencia circunstancial de su cansancio y del desaliento. Estaba agotado y preocupado, y ella había elegido el peor momento para pedírselo. Su falta de interés podría deberse incluso al deseo de ocultarle lo mucho que le había superado su amigo. Ella sabía lo muy sensible que era en ese sentido, y se reprochó a sí misma no haberlo previsto. Pero sus propios argumentos no la convencían. Una horrible duda merodeaba muy por debajo del amor que sentía por su hijo y muy por debajo de su confianza en él. Ahora, al mirar atrás, apenas podía definir qué fue lo que la impulsó a casarse con Denis Peyton: tan sólo sabía que algo en su carácter se había perdido, y que la corriente la había arrastrado precisamente hacia ese destino del que su corazón deseaba huir. Pero si por un lado su matrimonio seguía siendo un problema, por otro su maternidad parecía resolverlo. Nunca abandonó la idea de que había librado a su hijo de un oscuro peligro que todavía se cernía sobre él, que se mantenía al acecho, y con cada nuevo logro de su amor vigilante él se hacía un poco más suyo, puesto que el acto de rescate no se había consumado de una vez por todas en el momento de la inmolación. Había edificado para él el milagroso refugio de su amor no mediante un sorprendente acto heroico, sino gracias a un empeño imperecedero e infatigable. Y ahora que estaba allí erigido, ese sagrado cobijo contra el fracaso, ella no podía ni poner una luz en el cristal que guiara sus pasos, sino que debía dejarle hallar su propio camino a tientas, sin ninguna ayuda.


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