Canto a mi mismo
Canto a mi mismo Me sumerjo en la ciudad
y presencio el espectáculo de la calle:
el charla de los que pasan,
el traqueteo de los omnibuses,
la rueda del carro que rechina,
el sordo murmullo de la suela de los zapatos en el pavimento,
el golpe de los cascos sobre los adoquines,
el retintÃn de los trineos,
el cochero con el alquila levantado,
las peleas de nieve…
los gritos de júbilo,
los vÃtores a los héroes populares,
la furia de la muchedumbre arrebatada,
el paso rápido de una camilla (dentro llevan un enfermo al hospital),
el encuentro de dos enemigos,
la blasfemia súbita —el puñetazo y la caÃda—
los transeúntes que se apiñan excitados,
el policÃa con su estrella, abriéndose paso rápidamente hasta el corazón de la refriega,
las piedras impasibles que reciben y devuelven tantos ecos,
los gruñidos de los ahitos
y de los hambrientos,