Canto a mi mismo
Canto a mi mismo la caída de las granadas por el boquete del tejado,
la explosión en forma de abanico,
piedras,
vigas,
trozos de metralla,
cuerpos descuartizados que pasan silbando por el aire…
De nuevo veo la boca ensangrentada del general moribundo que agita furiosamente la mano y balbucea por entre los coágulos de sangre: —No os preocupéis de mí… Defended… la trinchera.
Ahora os referiré lo que contaban en Texas cuando yo era muchacho.
(No es la caída de Álamo, porque nadie se salvó para contarla.
Los ciento cincuenta hombres aquellos yacen mudos en Álamo).
Os referiré el asesinato a sangre fría, de cuatrocientos doce valientes.
Al retirarse, quedaron atrapados en una depresión del terreno.
Se atrincheraron con el bagaje.
Y antes de entregarse le hicieron novecientas bajas al enemigo, nueve veces mayor.
(Fue el precio adelantado de su rendición).
