Canto a mi mismo

Canto a mi mismo

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Los centinelas daban el alto a los que se acercaban al polvorín

y viendo tantas caras extrañas no sabían de quién fiarse.

Comenzó a arder nuestra fragata y el enemigo nos gritó: ¡Rendíos ya! ¡Arriad la bandera!

Yo reventé de risa cuando nuestro capitancito respondió: ¡No arriamos nada! ¡Ahora comenzamos nosotros!

Sólo nos quedaban tres cañones.

El propio capitán disparó uno y le desmochó el palo mayor al enemigo.

Los otros dos, cargados de metralla, derribaron la mosquetería y arrasaron la cubierta.

En las cofas y en las de gavia, sobre todo, reforzaban el ataque de nuestra pequeña batería;

sostuvieron el fuego sin un momento de tregua.

Las bombas de agua eran impotentes ya ante las brechas enormes que nos inundaban

y el incendio avanzaba hacia los polvorines;

un cañonazo reventó una bomba y todos creímos hundirnos.

El capitán no se inmutó,

su voz no se oyó ni más baja ni más alta, pero sus ojos nos alumbraron más que las linternas del combate.


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