De profundis y otros escritos de la carcel

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Mi querido —[13] ha venido a visitarme hoy. Le he dado varios mensajes para ti. Me ha contado una cosa que me ha apaciguado: que mi madre jamás necesitará nada. Siempre le he procurado la subsistencia, y pensar que pudiera sufrir privaciones me desasosegaba. En cuanto a ti (gracioso muchacho con un corazón como el de Cristo), en cuanto a ti, te suplico que, una vez que hayas hecho todo lo que puedas, te marches a Italia y recobres la calma, y escribas esos maravillosos poemas que haces con una gracia tan extraña. No te expongas a Inglaterra por ninguna razón en absoluto. Si un día, en Corfú o alguna isla encantada, hubiera una casita en la que pudiéramos vivir juntos, ¡oh!, la vida sería más dulce de lo que ha sido jamás. Tu amor tiene vastas alas y es fuerte, tu amor me llega a través de los barrotes de la cárcel y me consuela, tu amor es la luz de todas mis horas. Aquellos que no saben qué es el amor escribirán, lo sé, si la suerte está en contra nuestra, que he ejercido una mala influencia en tu vida. Si lo hacen, tienes que escribir, tienes que decir a tu vez que no es verdad. Nuestro amor siempre ha sido hermoso y noble, y si he sido el blanco de una terrible tragedia es porque la naturaleza de ese amor no se ha entendido. En tu carta de esta mañana decías algo que me da valor. Debo recordarlo. Escribías que mi deber contigo y conmigo mismo es vivir a pesar de todo. Creo que es verdad. Voy a intentarlo y hacerlo. Quiero que mantengas al corriente de tus movimientos al señor Humphreys, de modo que cuando venga pueda decirme qué haces. Creo que a los abogados se les permite ver a los presos bastante a menudo. Así podré comunicarme contigo.


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