De profundis y otros escritos de la carcel
De profundis y otros escritos de la carcel Sé que me culpa de todo. Me lo ha contado gente a quien no conoces y que no desea conocerte. Me lo han dicho a menudo. Sé que, por ejemplo, habla de la influencia de un hombre mayor en otro más joven. Es una de sus excusas favoritas para apelar a los prejuicios y la ignorancia populares. No necesito preguntarte cuál era mi influencia sobre ti. Sabes que no la tenía. Te gustaba jactarte de ello y era lo único en que tenías razón. De hecho, ¿en qué habría podido influirte? ¿En tu cerebro? Estaba sin desarrollar. ¿En tu imaginación? Estaba muerta. ¿En tu corazón? Aún no había nacido. De todas las personas que he conocido en mi vida, fuiste el único, y espero que también el último, en quien no pude influir en nada. Cuando yacía enfermo e indefenso por una fiebre que me habías contagiado al cuidarte, no tuve la suficiente influencia sobre ti para inducirte a llevarme una taza de leche, o para que te asegurases de que no faltaba nada de lo necesario en la habitación de un enfermo, ni para que recorrieras doscientos metros hasta la librería para comprarme un libro con mi dinero. Cuando estaba dedicado a escribir y concebir comedias que iban a superar a Congreve en brillantez y a Dumas fils en filosofía, y supongo que a cualquier otro por su calidad, no tuve la influencia suficiente sobre ti para que me dejaras tranquilo, que es como debe estar un artista. Cualquier sitio donde me instalara a escribir se convertía para ti en un vulgar salón donde fumar, beber vino blanco del Rin con soda y parlotear de cosas absurdas. «La influencia de un hombre mayor en otro más joven» es una teoría estupenda hasta que llega a mis oídos. A partir de ese momento se vuelve grotesca. Supongo que cada vez que la oigas sonreirás para tus adentros. No te faltan motivos. También me han contado lo que dice del dinero. Afirma, con mucha razón, que me suplicó muchas veces que no te diera dinero. Lo admito. Sus cartas eran innumerables y en todas ellas aparece la posdata: «Por favor, no le diga a Alfred que le he escrito». Pero te aseguro que no me causaba ningún placer tener que pagártelo todo, desde el afeitado de la mañana hasta el cabriolé de la noche. Llegaste a ser una carga muy pesada. Recuerdo que siempre me quejaba de lo mismo. Te insistía —¿lo recuerdas?— en lo mucho que me desagradaba que me tuvieras por una persona «útil» y en que a ningún artista le gusta que lo traten o consideren así, ya que el arte y el artista carecen, en esencia, de utilidad. Tú te enfadabas mucho cada vez que te lo decía. La verdad te irritaba. Siempre duele oír la verdad y aún más decirla. Sin embargo, eso no te hizo cambiar de opinión ni de modo de vida. Todos los días yo tenía que pagar hasta la última cosa que hacías. Sólo una persona con una naturaleza absurdamente bondadosa o dominado por una estupidez sin límites lo habría hecho. Por desgracia, en mí se daba la combinación de las dos cosas. Cuando te insinuaba que tu madre debería darte el dinero que necesitabas, siempre me dabas una bonita y elegante respuesta: que la asignación concedida por tu padre —unas mil quinientas libras al año, según tengo entendido— no era suficiente para una dama de su posición, y que no podías pedirle más dinero del que ya te daba. Tenías toda la razón al alegar que su asignación era totalmente insuficiente para una dama de su posición y sus gustos, pero eso no debería haberte servido como excusa para vivir a lo grande a mi costa, más bien tendría que haberte inducido a hacer economías. El hecho es que eras, y supongo que sigues siendo, un sentimental. Pues los sentimentales son sencillamente gente que quiere disfrutar del lujo de las emociones sin tener que pagar por ello. Era un noble detalle que procurases no esquilmar a tu madre. Y muy innoble que me esquilmaras a mí. Crees que uno puede sentir emociones a cambio de nada. Es imposible. Incluso la más elevada y generosa de las emociones tiene un precio. Curiosamente es lo que las hace elevadas. La vida emocional e intelectual de la gente vulgar no puede ser más despreciable: igual que toma prestadas sus opiniones de una especie de biblioteca circulante de las ideas —el Zeitgeist de una época sin alma— y las devuelve manoseadas al cabo de una semana, también intenta conseguir emociones a crédito y se niega a pagar la factura. Deberías dejar atrás esa manera de concebir la vida. En cuanto tengas que pagar por una emoción comprenderás su calidad y serás mejor al saberlo. Y recuerda que el sentimental, en el fondo, siempre es un cínico. De hecho, el sentimentalismo no es más que el cinismo que se ha tomado un día de vacaciones. Y por delicioso que sea el cinismo desde el punto de vista intelectual, ahora que ha sustituido el tonel por el club, nunca será más que la filosofía perfecta para quien no tiene alma.[158] Tiene su valor social, y para un artista cualquier modo de expresión es interesante, pero en sí mismo vale muy poco, pues al verdadero cínico no se le revela nada.