De profundis y otros escritos de la carcel

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Recuerdo que, mientras estaba sentado en el banquillo durante mi último juicio escuchando las espantosas acusaciones de Lockwood[160] —que parecían sacadas de Tácito, un pasaje de Dante o una de las condenas de Savonarola de los papas de Roma—[161] y sentía náuseas al oírlas, de pronto pensé: «¡Qué espléndido sería si estuviese diciendo esto de mí mismo!». Comprendí entonces que lo que se dice de alguien no es nada. Lo importante es quién lo dice. No me cabe duda de que el momento más elevado para un hombre es cuando se arrodilla en el polvo, se golpea el pecho y confiesa todos los pecados de su vida. Lo mismo ocurre contigo. Serías mucho más feliz si le hablaras a tu madre de tu vida. Yo ya le conté bastante en diciembre de 1893, aunque, por supuesto, me vi obligado a limitarme a las generalidades. No pareció infundirle valor a la hora de relacionarse contigo. Al contrario. Se negó más que nunca a enfrentarse a la realidad. Si se lo contaras tú, sería distinto. Mis palabras pueden parecerte amargas. Pero los hechos son innegables. Las cosas son como te he dicho que fueron y, si has leído esta carta con la atención con que deberías haberlo hecho, no habrás tenido otro remedio que enfrentarte cara a cara contigo mismo.




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