De profundis y otros escritos de la carcel
De profundis y otros escritos de la carcel Debes recordar que, comparado contigo, cualquier momento de mi encarcelamiento basta para inclinar el fiel de la balanza. La vanidad te hizo escoger la balanza y la vanidad te hizo aferrarte a ella. Ese fue el gran error psicológico de nuestra amistad, su absoluta falta de proporción. Te colaste a la fuerza en una vida demasiado grande para ti, cuya órbita sobrepasaba tanto tu capacidad de visión como tu capacidad de movimiento cíclico, una vida cuyos pensamientos, actos y pasiones eran de una enorme intensidad y estaba cargada, aunque más de la cuenta, de consecuencias maravillosas y terribles. Tu vida de pequeños caprichos y cambios de humor era admirable en su propia e insignificante esfera. Lo era en Oxford, donde lo peor que podía ocurrirte era que te llevaras una reprimenda del decano o una riña del director, y donde la mayor emoción era que Magdalen ganara la regata y se encendiera una hoguera en el patio para celebrar tan augusto acontecimiento. Debería haber continuado en su propia esfera cuando dejaste Oxford. Todo eso casaba muy bien contigo. Eras un espécimen completo de un tipo muy moderno. Con quien no encajaba bien era conmigo. Tus insensatos dispendios no eran ningún delito. La juventud siempre es dispendiosa. Lo deshonroso fue que me hicieras pagarlos a mí. Tu deseo de tener un amigo con quien pasar el tiempo de la mañana a la noche era delicioso. Casi idílico. Pero ese amigo no debería haber sido un hombre de letras, un artista, alguien para quien tu presencia continua resultaba destructiva, pues paralizaba su actividad creadora. No tenía nada de malo que creyeras sinceramente que la mejor forma de pasar la tarde era comer con champán en el Savoy, luego reservar un palco para ver un espectáculo de variedades, y como bonne bouche rematar la velada con una cena regada con champán en Willis. Muchos encantadores jóvenes londinenses son de la misma opinión. Ni siquiera puede considerarse una excentricidad. Es uno de los requisitos para ser miembro de White. Pero no tenías derecho a exigirme que te sufragara tales placeres. Demostraba tu total falta de apreciación de mi genio. Insisto en que tu disputa con tu padre, cualquiera que fuese su naturaleza, debería haberse limitado a una cuestión entre los dos. Tendría que haberse resuelto en privado, que es como, según tengo entendido, se resuelven estas cosas. Tu error fue querer que se interpretara como una tragicomedia en el escenario de la historia, con el mundo entero como público y yo mismo como premio para el vencedor de una lucha tan despreciable. El hecho de que odiaras a tu padre y de que tu padre te odiara a ti, carecía de interés para el público británico. Semejantes sentimientos son habituales en la vida doméstica inglesa y deberían confinarse al lugar del que son característicos: el hogar. Lejos del círculo doméstico están fuera de sitio. Trasladarlos resulta ofensivo. La vida familiar no es una bandera que haya que ondear en las calles, ni una bocina con la que proclamar las cosas desde las azoteas. Sacaste la domesticidad de su esfera, igual que hiciste contigo mismo.