De profundis y otros escritos de la carcel
De profundis y otros escritos de la carcel En todo el teatro no se me ocurre nada tan incomparable desde el punto de vista artístico como el esbozo que hace Shakespeare de Rosencrantz y Guildenstern. Son compañeros de estudios de Hamlet. Han sido sus amigos. Están asociados al recuerdo de los días placenteros que pasaron juntos. Cuando se cruzan en su camino, Hamlet se tambalea bajo el peso de una carga intolerable para alguien de su temperamento. El muerto se le ha aparecido de la tumba armado de pies a cabeza para encargarle una misión al mismo tiempo demasiado grande y demasiado mezquina para él. Es un soñador a quien le piden que actúe. Tiene la naturaleza de un poeta y se le pide que luche con las vulgares complejidades de la causa y el efecto, con la vida en su faceta más práctica, de la que nada sabe, y no con la vida en su esencia ideal, que conoce muy bien. No se le ocurre qué hacer, y su locura consiste en fingir que está loco. Bruto utilizó la locura como manto en el que ocultar la espada de su propósito y la daga de su voluntad,[164] pero para Hamlet es sólo una máscara para ocultar su debilidad. Sus bromas y pullas son una manera de ganar tiempo. Juguetea con la acción igual que un artista con una teoría. Se convierte en espía de sus propios actos y se dedica a escuchar sus propias palabras, sabedor de que son «palabras, palabras, palabras». En lugar de intentar ser el protagonista de su propia historia, se esfuerza en ser el espectador de su propia tragedia. No cree en nada, ni siquiera en sí mismo, y sin embargo sus dudas no le ayudan, pues no emanan del escepticismo sino de una voluntad dividida.