De profundis y otros escritos de la carcel
De profundis y otros escritos de la carcel Guildenstern y Rosencrantz ni siquiera se dan cuenta. Hacen reverencias, sonríen y repiten con reiteración enfermiza lo que el otro dice. Cuando por fin, gracias al teatro dentro del teatro y al baile de los títeres, Hamlet consigue «sorprender la conciencia del rey» y obliga al pobre desdichado a levantarse aterrado del trono, Guildenstern y Rosencrantz no ven en su conducta más que una lamentable violación de la etiqueta de la corte. Es lo único que pueden entender de la «contemplación del espectáculo de la vida con las emociones apropiadas».[165] Están muy cerca de su secreto, pero nada saben de él. Y de nada serviría explicárselo. Son como esas copas en las que no cabe nada más. Hacia el final se da a entender que, atrapados en una astuta trampa dispuesta para otro, encuentran, o puede que hayan encontrado, una muerte repentina y violenta. Pero semejante final trágico, aunque esté rozado por el humor de Hamlet con la sorpresa y la justicia de la comedia, en realidad no es propio de alguien como ellos, que no mueren nunca. Horacio, para «justificar a Hamlet y su causa ante los descontentos»:[166] «Se aparta por un tiempo de esa felicidad / y en este violento mundo sigue alentando con dolor»,[167] sí muere, pero no ante el público y sin dejar ningún hermano. En cambio, Guildenstern y Rosencrantz son tan inmortales como Angelo[168] y Tartufo y merecen un puesto a su lado. Son la aportación de la vida moderna al antiguo ideal de la amistad. Quien escriba un nuevo De Amicitia tendrá que hacerles un hueco y alabarlos en prosa tusculana.[169] Son tipos fijados para siempre. Reprobarlos sería una falta de consideración. Están fuera de su propia esfera y no hay más que hablar. La sublimidad del alma no se contagia. Los pensamientos y las emociones elevadas están aisladas por naturaleza. Lo que no alcanza a entender la propia Ofelia no han de entenderlo «Guildenstern y el gentil Rosencrantz» ni «Rosencrantz y el gentil Guildenstern». Por supuesto no pretendo compararte con ellos. Hay una enorme diferencia. Lo que en ellos es azar, en ti fue libre elección. Deliberadamente, sin que yo te invitara, te introdujiste en mi esfera, usurpaste un lugar al que no tenías derecho y para el que no estabas preparado, y mediante una curiosa insistencia y por el procedimiento de hacer de tu presencia algo cotidiano, conseguiste acaparar mi vida entera, aunque no supieras hacer con ella otra cosa que destrozarla. Por raro que te parezca, fue natural que así lo hicieses. Si le das a un niño un juguete demasiado complicado para sus escasas luces, o demasiado hermoso para sus ojos apenas abiertos, lo rompe si es testarudo, y si es indolente lo tira al suelo y se va a jugar con sus amigos. Es lo que te ocurrió a ti. Después de adueñarte de mi vida, no supiste qué hacer con ella. Era imposible que lo supieras. Era demasiado maravillosa para que la entendieses. Deberías haberla soltado y haber vuelto con tus amigos. Pero por desgracia eras obstinado y la rompiste. Ese es, en resumidas cuentas, el secreto de todo lo sucedido. Pues los secretos siempre son más pequeños que sus manifestaciones. El movimiento de un átomo puede estremecer el mundo. Y para que veas que no tengo más miramientos conmigo que contigo añadiré lo siguiente: por peligroso que fuese para mí conocerte, lo verdaderamente fatídico fue el momento en que nos conocimos, pues estabas en ese momento de la vida en que lo único que uno hace es sembrar, y para mí había llegado ya el momento de la cosecha.