De profundis y otros escritos de la carcel

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Por otra parte, pienso que es conveniente que Percy sepa algo más que la mera esencia de mi desafortunada relación con su hermano. La amistad empezó en mayo de 1892, al suplicarme su hermano en una carta muy patética que le ayudara en un problema terrible con gente que le chantajeaba. Por aquel entonces apenas le conocía. Le había conocido dieciocho meses antes, pero durante todo aquel tiempo sólo le había visto cuatro veces. No obstante, lo reconozco, me conmovió su carta, y su súplica, y de inmediato le saqué del problema con grandes dificultades y molestias por mi parte. Alfred Douglas quedó muy agradecido, y prácticamente no me dejó nunca durante tres años —hasta que me vio en la cárcel—. Deseo que Percy conozca mis incesantes esfuerzos por romper una amistad tan ruinosa para mí en términos artísticos, financieros y sociales.

En diciembre de 1893 llegué a tal punto que huí al extranjero y dejé una dirección falsa para tratar de escapar de él. Durante todo el tiempo que estuvo en Egipto, me negué a escribirle o hacer caso de sus incesantes cartas y telegramas. Sólo consentí verle cuando regresó a París a toda prisa y me envió un telegrama que parecía amenazar con suicidarse. Sacarle de mi vida era uno de los objetivos vitales. Fracasé por completo. Nada de lo que yo hiciera le mantenía alejado de mi casa.


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