De profundis y otros escritos de la carcel

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De camino al tribunal el día que se dictó sentencia, en el carruaje, empezó a pedirme que le devolviera doscientas cincuenta libras esterlinas, la mitad de las quinientas libras que nos había avanzado a Alfred Douglas y a mí para el primer juicio. Yo estaba atónito y herido por el hecho de que eligiera ese momento para preocuparme por una deuda, y le dije que no podía discutir de negocios en ese instante, y que el dinero que guardaba como administrador tenía que aplicarse fundamentalmente a las necesidades de mi madre, y luego, llegado el caso, a mis hijos. Desembolsó a mi madre de mi parte unas doscientas ochenta libras esterlinas; mis hijos, me dijo mi esposa, no precisaban nada. Ahora resulta que propone deducir su deuda de doscientas cincuenta libras antes de entregar el resto. No puedo permitirlo ni por un instante. Debe entregarme el dinero que administró intacto. No tiene derecho a tocarlo alegando necesidades suyas. Debe de saber sobradamente que su propuesta de cobrar toda su deuda, cuando mis otros acreedores no reciben nada, supone un incumplimiento absoluto de las leyes de bancarrota. Ese dinero no se me dio para que pagara mis deudas. Se me dio porque en ese momento yo estaba en bancarrota y arruinado, y para que me lo administrara un amigo. Al principio, a través de ti, Leverson propuso cobrar su deuda y prestarme una suma equivalente. Decliné por completo. Cuando vino aquí, me dijo con calma ¡que «el dinero escaseaba en la ciudad» y que no podría darme el dinero que me pertenecía! Como si me importara que el dinero escaseara en la ciudad, o como si supiera qué significaba eso. Supongo que significa que estaba especulando con el dinero que me administraba. Se trata de un divertimiento peligroso. Como hombre de negocios, debería saberlo mejor que yo.


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