De profundis y otros escritos de la carcel

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Me he enterado con gran pesar, a través de las columnas de su periódico, de que el celador Martin, de la cárcel de Reading, ha sido despedido por la Comisión de Cárceles por haber dado unas galletas a un niño hambriento. Yo mismo vi a los tres niños el lunes anterior a mi puesta en libertad. Acababan de ser condenados, y estaban de pie en una fila en el vestíbulo principal, vestidos de presidiarios, llevando las sábanas debajo de los brazos antes de que los mandaran a las celdas que les habían asignado. Casualmente yo pasaba por una de las galerías de camino a la recepción, donde iba a entrevistarme con un amigo. Eran unos niños bastante pequeños; el menor —al que el celador le dio las galletas— era un niño diminuto, para el que a todas luces no habían encontrado ropa lo bastante pequeña para que le quedara bien. Por supuesto, yo ya había visto muchos niños en la cárcel durante los dos años durante los que estuve confinado. En la cárcel de Wandsworth, en particular, siempre había muchos. Pero el niño que vi la tarde del 17 de mayo, en Reading, era menor que todos ellos. Huelga decir la inmensa angustia que sentí al ver a esos niños en Reading, pues sabía qué trato les aguardaba. La crueldad que se ejerce día y noche sobre los niños en las cárceles inglesas resulta increíble, salvo para quienes la han presenciado y son conscientes de la brutalidad del sistema.


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