De profundis y otros escritos de la carcel
De profundis y otros escritos de la carcel Hace unos tres meses, entre los presos que hacían ejercicio conmigo, reparé en un joven que me pareció tonto o de pocas luces. Por supuesto, todas las cárceles tienen internos de pocas luces, que regresan una y otra vez, y prácticamente viven en la cárcel. Pero ese joven me sorprendió porque era más mentecato de lo habitual, a juzgar por su sonrisa tonta y su risa imbécil para sí mismo, y por la peculiar agitación de sus manos, que retorcía sin cesar. Todos los presos reparaban en él por la extrañeza de su conducta. De vez en cuando no aparecía a la hora del ejercicio, por lo que deducía que estaba castigado a permanecer en su celda. Al final descubrí que los celadores le vigilaban día y noche. Cuando aparecía a la hora del ejercicio siempre parecía histérico, y solía andar en círculos llorando o riendo. En la capilla tenía que sentarse en un lugar vigilado por dos celadores, que lo miraban con detenimiento todo el tiempo. A veces escondía la cabeza entre las manos, lo cual constituía una infracción de las normas de la capilla, y al instante un celador le golpeaba la cabeza para que mantuviera los ojos fijos en la dirección del altar. A veces lloraba —sin molestar—, pero con unas lágrimas que le corrían por la cara y una palpitación histérica en la garganta. A veces se sonreía como un idiota a sí mismo y hacía muecas. Más de una vez le echaban de la capilla y le mandaban a su celda, y, por supuesto, le castigaban continuamente. Como el banco en el que yo solía sentarme en la capilla estaba justo detrás del banco al final del cual estaba situado ese desdichado, tenía muchas ocasiones de observarlo. Por supuesto, también le observaba mientras hacíamos ejercicio, y vi que se estaba volviendo demente, y que le trataban como si estuviera fingiendo.