De profundis y otros escritos de la carcel
De profundis y otros escritos de la carcel Habría que permitir que todo preso pudiera escribir y recibir al menos una carta al mes. Hoy en día sólo se le permite escribir cuatro veces al año. Es absolutamente insuficiente. Una de las tragedias de la vida carcelaria es que hace que el corazón de un hombre se vuelva como una piedra. Los sentimientos de afecto natural, como todos los demás sentimientos, requieren que se los alimente, si no se mueren enseguida de inanición. Una carta breve, cuatro veces al año, no basta para mantener vivos los afectos más dulces y humanos a través de los cuales, en última instancia, el carácter se mantiene sensible a cualquier influencia buena o hermosa que pueda curar una vida rota y arruinada.
Habría que erradicar la costumbre de mutilar y expurgar las cartas de los presos. Ahora, si en una carta un preso se queja del sistema carcelario, se corta esa parte de la carta con unas tijeras. Por otra parte, si un preso se queja mientras habla con sus amigos a través de los barrotes de la jaula, o de la abertura de la caja de madera, los celadores le tratan con brutalidad y le denuncian para que sea castigado cada semana hasta su próxima visita, para cuando se supone que ya habrá aprendido a ser no sensato, sino astuto, y uno siempre lo aprende. Es una de las pocas cosas que se aprenden en la cárcel. Por fortuna, las otras cosas, en cierto sentido, son de más trascendencia.