De profundis y otros escritos de la carcel
De profundis y otros escritos de la carcel Él no vestÃa su abrigo escarlata,[2]
porque roja es la sangre y el vino,
y sangre y vino tenÃa en las manos
cuando lo hallaron junto al cadáver
de la pobre mujer muerta a la que amó
y asesinó en su lecho.[3]
Caminaba entre otros presos
con un andrajoso traje gris[4]
y una gorrilla en la cabeza;
y aunque su paso parecÃa alegre y ligero
nunca he visto a un hombre que mirase
con más anhelo el dÃa.
Nunca vi a un hombre que mirase
con tal anhelo en los ojos
ese pequeño dosel azul
que los reclusos llamamos cielo
y cada nube a la deriva que cruzaba
con sus velas plateadas.
Yo caminaba en otro cÃrculo de presos,
junto a otras almas en pena,
preguntándome si el delito de aquel hombre
serÃa grave o leve,
cuando una voz tras de mà susurró:
«A ese tipo lo van a colgar».
¡Dios bendito! Hasta los muros de la prisión
parecieron tambalearse de repente,