De profundis y otros escritos de la carcel
De profundis y otros escritos de la carcel y el cielo sobre mi cabeza se convirtió en
un casco de acero candente;
y aunque yo era un alma en pena
mi pena no podía sentir.
Tan sólo comprendí cómo el pensamiento obsesivo
aceleraba su paso y por qué
miraba el día deslumbrante
con tanto anhelo en sus ojos;
aquel hombre había matado lo que amaba
y por eso debía morir.
*
Y aun así cada hombre mata lo que ama,[5]
¡sépanlo todos!
Unos, con una mirada cruel;
otros, con palabras zalameras;
el cobarde, con un beso;
el valiente, con la espada.
Algunos matan su amor cuando son jóvenes
y otros, cuando son viejos;
algunos lo estrangulan con manos de lujuria;
otros, con las del oro;
los más amables usan un cuchillo, porque
así los muertos pronto quedan yertos.
Aman muy poco los unos, los otros demasiado tiempo;
unos venden, otros compran;