De profundis y otros escritos de la carcel
De profundis y otros escritos de la carcel cometen unos su hazaña deshechos en llanto,
y otros sin un suspiro:
cada hombre mata lo que ama,
pero no cada hombre muere por ello.
No muere una muerte vergonzosa
un día de negra infamia,
con un dogal al cuello
y la cara cubierta con un trapo,
ni el suelo se abre a sus pies
para caer al vacío.
No se sienta junto a hombres silenciosos
que noche y día lo vigilan:
cuando intenta llorar
y cuando intenta rezar;
lo vigilan para que no robe
su presa a la prisión.
No se despierta al alba para ver
su celda atestada de horribles personajes:
el tembloroso capellán de blanco,[6]
el severo y abatido alguacil
y el director, ambos de negro brillante[7]
con macilento rostro de condena.
No se levanta con desganada prisa
para ponerse ropa de convicto
mientras un médico de boca de rana se regodea
y apunta cada nueva postura crispada
mientras sostiene un reloj cuyo débil tictac