De profundis y otros escritos de la carcel
De profundis y otros escritos de la carcel He recibido una carta del señor Hargrove que me informa de que el síndico ha decidido vender la mitad de mi usufructo a mis amigos, y que en esas circunstancias, a no ser que retires de inmediato tu oferta, la oferta de mi esposa,[68] contenida en las cartas entregadas a Arthur Clifton, también se retirará.
Siento que hubiera sido mejor que confiara por completo en tu juicio, y ahora soy de la opinión que tu rumbo era acertado. Sé que tú y otros habéis considerado con detalle todo el caso, y la propuesta de mi esposa de que en caso de que yo la sobreviva recibiré ciento cincuenta libras esterlinas al año me parece cruel y desalmada, y tan poco considerada con los intereses de mis hijos como con los míos.
No sé cuál será el próximo movimiento de Hargrove. Si mi esposa me deja sin un penique, sólo puedo esperar que durante un año me cuiden de cualquier forma, y que pueda escribir de nuevo. Por supuesto, los asuntos de negocios, como este, me preocupan, y me debilitan en cuerpo y alma, con la histeria de los nervios perturbados, el desvelo y la angustia en la que ando, pero el arte es diferente. Allí uno crea su propio mundo. Uno llora y se ríe entre sombras. Un espejo le devuelve su propia tristeza. Pero el arte no es un espejo, sino un cristal. Crea sus propias figuras y formas.