De profundis y otros escritos de la carcel
De profundis y otros escritos de la carcel No me cabe duda de que en esta carta en la que debo escribir de tu vida y de la mÃa, del pasado y del futuro, de cosas dulces que se trocaron en amargas y de cosas amargas que podrÃan trocarse en alegres, habrá mucho que herirá tu vanidad en lo más vivo. De ser asÃ, reléela una y otra vez hasta que aniquile tu vanidad. Si encuentras en ella algo que te parezca una acusación injusta, si ves en ella un solo pasaje que te haga prorrumpir en llanto, llora como lloramos en la cárcel donde el dÃa no se distingue de la noche por culpa de las lágrimas. Es lo único que puede salvarte. Si vas a quejarte a tu madre, como hiciste con respecto al desdén que demostré en mi carta a Robbie,[3] para que te consuele y te devuelva tu presunción y tu vanidad, te habrás perdido sin remedio. Si encuentras una falsa excusa, no tardarás en encontrar otras cien y serás exactamente como eras antes. ¿TodavÃa afirmas, como le dijiste a Robbie en tu respuesta, que «te atribuyo motivos indignos»? ¡Ah! No tenÃas motivos en tu vida. Sólo apetitos. Un motivo es un objetivo intelectual. ¿Que eras «muy joven» cuando empezó nuestra amistad? Tu defecto no era que conocieras poco de la vida, sino que conocÃas demasiado. HacÃa mucho que habÃas dejado atrás el amanecer de la adolescencia, con su delicado florecer, su luz clara y pura y su alegrÃa inocente. HabÃas pasado con gesto vivo y decidido del romanticismo al realismo. El arroyo y los seres que habitan en él habÃan empezado a fascinarte. Ahà estuvo el origen del problema por el que me pediste ayuda, y yo, en contra de toda prudencia, te la di. Debes leer esta carta hasta el final, aunque cada palabra sea para ti como el fuego o el escalpelo del cirujano que hacen que la carne delicada se queme o sangre. Recuerda que no es lo mismo ser un loco para los dioses que serlo para los hombres. Quien ignora por completo los modos del arte en su revolución o los estados de ánimo del pensamiento en su progreso, la pompa del verso latino o la música más sonora de las vocales griegas, de la escultura toscana o de la canción isabelina puede aun asà estar colmado de la más dulce sabidurÃa. El verdadero loco, aquel de quien se burlan o al que echan a perder los dioses, es quien no se conoce a sà mismo. Yo lo fui demasiado tiempo. Tú llevas demasiado tiempo siéndolo. No lo seas más. No tengas miedo. El vicio supremo es la superficialidad. Todo lo que llega a comprenderse está bien. Recuerda que, por triste que sea para ti leerlo, más lo es para mà escribirlo. Los poderes invisibles te han sido propicios. Te han permitido ver las formas trágicas y extrañas de la vida como quien ve sombras en un cristal. Has podido contemplar en un espejo la cabeza de Medusa, que convierte a los hombres en piedra. Has paseado libre entre las flores. A mà me han arrebatado el bello mundo del color y el movimiento.