De profundis y otros escritos de la carcel

De profundis y otros escritos de la carcel

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Empezaré por decirte que me culpo de un modo terrible. Sentado en esta celda oscura con mi uniforme de preso, deshonrado y arruinado, me culpo. Me culpo en las noches perturbadas y angustiosas y en los largos y monótonos días de dolor. Me culpo por doblegarme completamente ante una amistad que no fue intelectual, una amistad cuyo objetivo primario no era la creación y la contemplación de cosas hermosas. Desde el principio hubo una diferencia demasiado grande entre los dos. Tú habías sido ocioso en el colegio y peor que ocioso en la universidad. No comprendías que un artista, y sobre todo un artista como yo soy,[4] cuya obra depende de la intensificación de la personalidad, requiere para desarrollar su arte una camaradería de ideas, un ambiente intelectual, silencio, paz y soledad. Admirabas mi obra cuando estaba terminada: disfrutabas del brillante éxito de las noches de estreno y de los banquetes que seguían a continuación; te enorgullecías, como es lógico, de ser el amigo íntimo de un artista tan distinguido; pero no podías comprender los requisitos necesarios para producir un trabajo artístico. No te hablo con exageración retórica, sino con absoluta fidelidad a los hechos cuando te recuerdo que, en todo el tiempo que pasamos juntos, no escribí una sola línea. Fuese en Torquay, en Goring, en Londres, en Florencia o en cualquier otro sitio, mi vida, cuando estabas a mi lado, fue totalmente estéril y en absoluto creativa. Y lamento decir que, salvo contadas ocasiones, siempre estuviste a mi lado.


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