De profundis y otros escritos de la carcel
De profundis y otros escritos de la carcel Recuerdo, por ejemplo, que en septiembre de 1893, por citar un ejemplo entre muchos, alquilé unas habitaciones para trabajar sin que me molestaran, pues había roto mi contrato con John Hare,[5] a quien había prometido escribir una obra de teatro y me estaba presionando para que lo hiciera. La primera semana me dejaste solo. Como no podía ser menos, habíamos discutido sobre el valor artístico de tu traducción de Salomé, así que te contentaste con enviarme absurdas cartas al respecto. Esa semana escribí y completé hasta el último detalle, tal como se representó después, el primer acto de Un marido ideal. La segunda semana regresaste y tuve que dejar de trabajar. Llegaba cada mañana a Saint James Place a las 11.30 para poder pensar y escribir sin las interrupciones inseparables de la vida doméstica, a pesar de lo tranquila y silenciosa que era mi casa. Pero era en vano. A las doce te dejabas caer por allí y te quedabas charlando y fumando hasta la 1.30, cuando tenía que llevarte a comer al café Royal o al Berkeley. El almuerzo con sus liqueurs duraba normalmente hasta las 3.30. Luego te ibas una hora a White. A la hora del té volvías a aparecer y te quedabas hasta que era hora de vestirse para cenar. Cenabas conmigo en el Savoy o en Tite Street. Por lo general no nos separábamos hasta medianoche, pues rematábamos las emociones del día con un tentempié en Willis. En eso consistió mi vida todos y cada uno de los días de esos tres meses excepto los cuatro que viajaste al extranjero. Luego, claro, tuve que ir a recogerte a Calais. Para alguien de mi naturaleza y temperamento era una situación al mismo tiempo trágica y grotesca.