De profundis
De profundis Habíamos disentido, y a decir verdad lógicamente, sobre la cuestión del valor artístico de tu traducción de Salomé, así que te contentaste con mandarme cartas necias sobre ese te-ma. En esa semana escribí y terminé hasta el último detalle, tal y como después se representaría, el primer acto de Un marido ideal. En la segunda semana volviste, y prácticamente tuve que abandonar el trabajo. Yo llegaba cada mañana a St James's Place a las once y media, para poder pensar y escribir sin las interrupciones inevitables en mi propia casa, aun siendo esa casa tranquila y pacífica. Pero era vano intento. A las doce llegabas en coche, y te ponías a fumar y charlar hasta la una y media, en que había que llevarte a almorzar al Café Royal o al Berkeley. El almuerzo, con sus copas, solía durar ha sta las tres y media. Durante una hora te retirabas a White's. A la hora del té volvías a aparecer, y te quedabas hasta la hora de vestirse para la comida. Comías conmigo en el Savoy o en Tite Street. Por regla general no nos separábamos hasta después de medianoche, porque había que rematar el día memorable con una cena en Willis's. Esa fue mi vida durante aquellos tres meses, día tras día, salvo en los cuatro días en que estuviste fuera del país.
Entonces, por supuesto, tuve que ir a Calais a recogerte. Para una persona de mi naturaleza y temperamento, era una posición a la vez grotesca y trágica.
