Ego te absolvo
Ego te absolvo Joaquín Martínez se echó el fusil a la cara, e iba a tirar, cuando la mujer, de un brinco salvaje, desvió el cañón y mandó la bala a perderse en las nubes.
Alzándose de hombros, Martínez tiró el arma descargada y de un navajazo en pleno vientre tendió en el suelo a la prisionera de Careaga.
-¡Ah canalla! -aulló el navarro precipitándose hacia adelante y blandiendo su carabina.
Pero un nuevo navajazo cortó en sus labios el rosario de las blasfemias. Y se desplomó arrojando una espuma blanquecina por la comisura de los labios en el charco de sangre que salía del cuerpo de la mujer destripada, Atraído por el ruido de la detonación, llegaba Aliralles seguido de unos cuantos hombres.
Con sus ojos casi desprovistos de cejas por el estallido de un mal fusil, el cura bandolero abarcó la escena.
-¡Puercos! -gruñó sordamente-. Veamos la hembra.
¡Hermosa mujer despachada de un negro navajazo! ¡De qué te ha servido, inocente narciso! Careaga, por lo menos, ha gozado. Bien, muchacho -repuso dirigiéndose a Martínez, cuyos ojos no se despegaban de él-, ¡es muy bonito eso de querer robar el botín de un companero! ¡Eh, vosotros! Dejadme confesar a este pagano; aquí no se os necesita para nada. Di tu «confiteor» Martínez, y haz acto de contrición.
