El abanico de Lady Windermere

El abanico de Lady Windermere

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LORD DARLINGTON.- ¡Por Dios, lady Windermere!

LADY WINDERMERE.- ( Reclinándose en el sofá.) Me mira usted como a una mujer de otros tiempos,

¿verdad? Pues, sí, señor, lo soy. Y sentiría muchísi-mo estar al mismo nivel de un tiempo como éste.

LORD DARLINGTON.- ¿Tan malo lo encuentra usted?

LADY WINDERMERE. - Malísimo. Hoy día, todo el mundo parece considerar la vida como una especulación. ¡Pues no es una especulación! Es un sacramento. Su ideal es el amor. Su purificación, el sacrificio.

LORD DARLINGTON.- ( Sonriendo.) ¡Oh, todo menos que le sacrifiquen a uno!

LADY WINDERMERE. - ¡No diga usted eso!

LORD DARLINGTON. - Pues sí que lo digo. Y lo siento. Y sé que tengo razón.

PARKER.- ( Entrando.) Señora, esos hombres pre-guntan si hay que poner las alfombras en la terraza para esta noche.

LADY WINDERMERE.- ¿Qué le parece a usted, lord Darlington, lloverá?

LORD DARLINGTON.- ¿El día del cumpleaños de usted? ¡No faltaba más!

LADY WINDERMERE.- Diga usted que las pongan, Parker.

( Sale PARKER.)

LORD DARLINGTON.- Entonces, ¿cree usted -


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