El abanico de Lady Windermere
El abanico de Lady Windermere LORD WINDERMERE.- ( Gravemente.) Es mejor de lo que parecÃa.
LADY WINDERMERE. - ¡Es mejor que yo!
LORD WINDERMERE.- ( Sonriendo y acariciándole los cabellos.) ¡No seas niña! Ella y tú pertenecéis a mundos distintos. En el tuyo, el mal nunca ha en-trado.
LADY WINDERMERE.- No digas eso, Arturo. El mundo es el mismo para todos, y el bien y el mal, y el pecado y la inocencia, se pasean por él cogidos de la mano. Cerrar los ojos a esa mitad de la vida, con la esperanza de poder vivir en sosiego, es como si nos cegásemos voluntariamente, a fin de caminar sin miedo por un terreno lleno de precipicios.
LORD WINDERMERE.- ( Llevándola cogida del talle.)
¿Por qué dices eso, amor mÃo.
LADY WINDERMERE. - Porque yo, que habÃa cerrado los ojos a la vida, he estado al borde del precipicio. Y alguien, que nos habÃa separado...
LORD WINDERMERE.- ¡Pero si nosotros no hemos estado nunca separados!
LADY WINDERMERE.- No debemos volver a estarlo. ¡Oh Arturo, no me quieras menos, y yo tendré en ti más confianza! Una confianza absoluta. Vámonos fuera, al campo, donde estemos solos.
AUGUSTO. - ( Entrando.) ¡Arturo, me lo ha explicado todo! (LADY WINDERMERE le mira asustada. LORD WINDERMERE se estremece. LORD