El abanico de Lady Windermere
El abanico de Lady Windermere WINDERMERE, aprieta convulsivamente el abanico, y luego lo deja caer sobre la alfombra. Hace una reverencia glacial a MISTRESS ERLYNNE, que se inclina, a su vez, con mucha gentileza, y avanza por el salón. ) LORD DARLINGTON.- Ha dejado usted caer el abanico, lady Windermere. ( Lo recoge del suelo y se lo tiende.)
MISTRESS ERLYNNE.- ¿Cómo sigue usted, lord Windermere? ¡Qué preciosa está su mujer! ¡Un verdadero cuadro!
LORD WINDERMERE.- ( En voz baja.) ¡Ha sido una temeridad de usted el venir!
MISTRESS ERLYNNE.- ( Sonriendo.) Lo más sensato que he hecho en toda mi vida. ¡Ah!, no va, usted a dejarme sola mucho tiempo esta noche. Me dan un miedo terrible las mujeres. Debe usted presentarme a alguna. Con los hombres sé yo arreglármelas. ¿Qué tal, lord Augusto? Me ha tenido usted muy olvidada estos últimos tiempos. Desde ayer que no he visto a usted, ¿a que ya me es usted infiel. Sí, sí, me lo han contado.
AUGUSTO.- Verá usted, mistress Erlynne. Yo explicaré a usted...,
MISTRESS ERLYNNE.- No, no, mi querido lord Augusto; usted no es capaz de explicar nada. Es su principal encanto.