El abanico de Lady Windermere
El abanico de Lady Windermere AUGUSTO.- ¡Ah, desde el momento que me encuentra usted algún encanto, mistress Erlynne ( Siguen conversando juntos. LORD WINDERMERE va de un lado a otro por el salón, presa de cierto malestar, observando a MISTRESS ERLYNNE.) LORD DARLINGTON.- (A LADY
WINDERMERE.) ¡Qué pálida se ha puesto usted!
LADY WINDERMERE.- ¡Todos los cobardes se ponen pálidos!
LORD DARLINGTON.- Parece como si se sintiera usted mal. ¿Quiere usted que salgamos a la terraza?
LADY WINDERMERE.- ¡Bueno! (A PARKER.)
¡ Parker, que me envíen mi capa a la terraza!
MISTRESS ERLYNNE.- ( Dirigiéndose hacia LADY
WINDERMERE.) ¡Qué artísticamente iluminada está su terraza, lady Windermere! Me recuerda la del príncipe Doria, en Roma. (LADY WINDERMERE
se inclina fríamente, y sale con LORD DARLINGTON.)
MISTRESS ERLYNNE. - ¡Ah! ¿Es usted, míster Graham? ¿Qué tal? ¿No es ésa su tía, lady Jedburgh? Me gustaría conocerla.
GRAHAM.- ( Después de un momento de vacilación y de embarazo.) ¡Oh, con mucho gusto! ¡Tía Carolina, permítame usted que le presente a mistress Erlynne!