El abanico de Lady Windermere
El abanico de Lady Windermere LORD DARLINGTON.- ¡Ah! Pero es que yo las creo todas. ( Tomando la taza de té que ella le tiende.) LADY WINDERMERE.- ( Gravemente.) Espero que no. SentirÃa tener que regañar con usted, lord Darlington. Ya sabe usted que le tengo una sincera simpatÃa. Pero se la perderÃa en absoluto si me con-venciese de que es usted como la mayorÃa de los hombres. Créame, usted es mejor que la mayorÃa de los hombres, aunque a veces quiera usted parecer peor.
LORD DARLINGTON.- Todos tenemos nuestras pequeñas vanidades.
LADY WINDERMERE.- ¿Y por qué cifra usted la suya en eso?
LORD DARLINGTON.- ¡Oh! Hay tanta gente que va por ahà echándoselas de buena, que casi me parece una prueba de modestia echárselas de malo.
Además, todo hay que tenerlo en cuenta; si se las echa uno de bueno, el mundo le toma a uno muy en serio, y si se las echa de malo, creen que uno bromea. Tal es la estupefaciente necedad del optimismo.
LADY WINDERMERE. - Entonces, ¿usted no quiere que el mundo le tome en serio, lord Darlington?
LORD DARLINGTON.- ¡No, no, por Dios; el mundo, no! En cambio, sà me gustarÃa que me tomara usted en serio, lady Windermere; usted más que nadie.
LADY WINDERMERE.- ¿Y por qué yo?