El alma del hombre bajo el socialismo

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De vez en cuando, durante el transcurso de esta centuria un gran científico como Darwin, un gran poeta como Keats[5], un fino espíritu crítico como el de José Ernesto Renán[6], un artista supremo como Flaubert[7], fueron capaces de aislarse del bullicioso universo de reclamos de los demás para vivir «bajo el refugio de un muro», como lo dice Platón[8] en su «Mito de la caverna», acarreando hasta la perfección lo que había en cada uno de ellos, situación que conllevó un gran benefició al mundo entero. La mayoría de personas estropean sus vidas debido a un malsano y exagerado altruismo, y en efecto, son forzadas a ello. Al verse rodeadas de una horrorosa pobreza, de una abominable fealdad, de una terrible miseria, es inevitable que se dejen influenciar por todo eso. Las emociones del ser humano son mucho más fáciles de estimular que la inteligencia, y como ya lo indiqué hace tiempo en un artículo sobre la función de la crítica, es más cómodo simpatizar con el sufrimiento que con el pensamiento. Por consiguiente, con admirables intenciones, serias y sentimentales se sienten capaces de remediar los males que ven. Pero sus remedios no curan la enfermedad, únicamente la prolongan. Puede decirse que sus remedios hacen parte del mal. Tratan de resolver el problema de la pobreza manteniendo vivos a los pobres, o como lo hace una verdadera escuela avanzada, divirtiendo a los pobres. Pero esa no es la solución, más bien agrava la enfermedad. Lo propio es apuntar a la reconstrucción de la sociedad sobre unas bases tales que la pobreza sea imposible. No obstante, la filantropía ha impedido por todos los medios posibles que se logre esta meta.


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