El Amigo fiel

El Amigo fiel

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-¿Llenarla del todo? -dijo el pequeño Hans, un poco afligido, pues realmente era una cesta muy grande, y sabía que si la llenaba no le quedarían flores para el mercado, y estaba deseando volver a tener sus botones de plata.

-Bueno, en realidad -replicó el molinero-, como te he dado la carretilla, no creo que sea mucho pedirte unas cuantas flores. Puede que me equivoque, pero yo había pensado que la amistad, la verdadera amistad, estaba completamente libre de cualquier clase de egoísmo.

-Mi querido amigo, mi mejor amigo -exclamó el pequeño Hans-, todas las flores de mi jardín están a tu disposición. Prefiero con mucho que tú tengas una buena opinión de mí a tener yo mis botones de plata, y eso en cualquier ocasión.

Y corrió a coger todas sus lindas velloritas y llenó la cesta del molinero.

-Adiós, pequeño Hans -dijo el molinero, mientras subía la cuesta con la tabla al hombro y la gran cesta en la mano.

-Adiós -dijo el pequeño Hans.

Y se puso a cavar alegremente, de contento que estaba por la carretilla.

Al día siguiente, estaba sujetando madreselvas al porche cuando oyó la voz del molinero que le llamaba desde el camino. Así que saltó de la escalera, corrió al fondo del jardín y miró por encima de la tapia.


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