El Amigo fiel
El Amigo fiel -Bueno, me alegro de oír eso -dijo el molinero, dando una palmada en la espalda al pequeño Hans-, porque quiero que subas al molino en cuanto te vistas y arregles el tejado de mi granero.
El pobre pequeño Hans estaba deseando ir a trabajar en su jardín, pues hacía dos días que las flores estaban sin regar, pero no quería decir que no al molinero, puesto que era tan buen amigo suyo.
-¿Crees que faltaría a la amistad si dijera que estoy ocupado? -preguntó con voz vergonzosa y tímida. -
Bueno, en realidad -respondió el molinero- no me parece que sea mucho pedirte, teniendo en cuenta que te voy a dar mi carretilla, pero naturalmente, si tú dices que no, iré y lo haré yo.
-Oh, de ninguna manera! -exclamó el pequeño Hans.
Y saltó de la cama y se vistió y se fue al granero.
Trabajó allí todo el día, hasta la puesta del sol, y a la puesta del sol fue el molinero a ver cómo iba la cosa.
-Has arreglado ya el boquete del tejado, pequeño Hans? -gritó el molinero con voz jovial.
-Está arreglado del todo -respondió el pequeño Hans, bajando de la escalera.
-¡Ah -dijo el molinero-, no hay trabajo tan agradable como el trabajo que se hace por los demás!