El Crimen de lord Arthur Saville

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A las siete y media, se vistió y se fue al Club. Allí estaba Surbiton en compañía de otros jóvenes y no tuvo más remedio que cenar con ellos. Su conversación banal y sus gestos ociosos no le interesaban y tan pronto como hubieron servido el café se separó de ellos, pretextando una cita. Al salir del Club el portero le entregó una carta. Era de Herr Winckelkopf, que le invitaba para que fuera la noche siguiente a ver un paraguas explosivo, que estallaba en el momento de abrirse. Era la última palabra en la materia y acababa de llegar de Ginebra. Hizo pedazos la carta. Estaba decidido a no intentar ninguna otra experiencia. Luego, vagó al azar por las orillas del Támesis y se pasó varias horas sentado junto al río. La luna asomó tras una maraña de nubes sombrías, semejante al ojo de un león, e innumerables estrellas salpicaban como oro en polvo la bóveda celeste. De vez en cuando una barcaza se deslizaba por la turbia corriente y los discos del ferrocarril pasaban del verde al escarlata, a medida que los trenes cruzaban el puente con estrépito. Al cabo de un largo rato, sonaron las doce en la alta torre de Westminster y la noche pareció estremecerse a cada campanada sonora del reloj. Luego las luces de la estación se apagaron; sólo una lámpara solitaria continuó brillando, semejante a un inmenso rubí sobre un mástil gigantesco, y los rumores de la ciudad fueron apagándose lentamente.


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