El Crimen de lord Arthur Saville
El Crimen de lord Arthur Saville Lord Arthur se detuvo. Una idea luminosa le relampagueó en el cerebro. Deslizándose cautelosamente hacia Mr. Podgers, en un abrir y cerrar de ojos le cogió por las piernas y lo arrojó al Támesis. Se oyó un juramento y un chapuzón; luego, todo quedó en silencio. Lord Arthur miró ansiosamente hacia el río; pero no logró percibir el menor vestigio del quiromántico, a excepción de un sombrero de copa, que pirueteaba en torno a un remolino iluminado por la claridad de la luna. Al cabo de unos instantes también desapareció y ni el más leve rastro quedó de Mr. Podgers. Hubo un momento en que creyó percibir una vaga silueta disforme, trepando por la escalera del puente y un horrible presentimiento de fracaso se apoderó de él. Pero se trataba de un simple reflejo y cuando la luna brilló de nuevo, desapareció. ¡Al fin parecía haber cumplido el decreto del Destino! Exhaló un profundo suspiro de satisfacción y el nombre de Sybil acudió a sus labios.
—¿Se le ha caído a usted algo, caballero? —interrogó súbitamente una voz a sus espaldas.
Volvióse; vio a un policía con una linterna sorda.
—Nada de particular, guardia —respondió sonriente, y llamando a un coche de punto que por allí pasaba, se metió en él y ordenó al cochero que le condujese a Belgrave Square.