El Crimen de lord Arthur Saville
El Crimen de lord Arthur Saville Estaba cercana la Pascua y era la última recepción de Lady Windermere. Los salones de Bentinck House se veían con este motivo mucho más concurridos que de costumbre. Seis ministros acababan de llegar del besamanos, deslumbrantes de placas y condecoraciones, y todas las mujeres bonitas de Londres allí congregadas lucían sus más elegantes toilettes. Al fondo del salón de retratos, se veía a la Princesa Sofía de Carlsruhe, corpulenta dama de tipo tártaro, ojuelos negros y maravillosas esmeraldas, chapurreando francés a voces y riendo inmoderadamente cuanto le decían.
Ciertamente que era aquélla una singular miscelánea de gentes. Fastuosas damas de las más linajudas charlaban afablemente con radicales virulentos; predicadores populares codeábanse con escépticos conspicuos y una verdadera congregación de obispos perseguía de salón en salón a una fornida primadonna; numerosos miembros de la Real Academia, disfrazados de artistas, ocupaban el rellano de la escalera y decíase que, en un momento dado, el comedor había estado desbordante de genios. Era, en suma, una de las más brillantes recepciones de Lady Windermere y la Princesa había perseverado hasta muy cerca de las once y media.
