El Crimen de lord Arthur Saville
El Crimen de lord Arthur Saville Apenas se hubo retirado, Lady Windermere volvió al salón de retratos, donde un célebre economista explicaba solemnemente la teoría científica de la música a un virtuoso húngaro que estallaba de indignación, y comenzó a hablar con la Duquesa de Paisley. Lady Windermere estaba maravillosa, con su largo cuello marfilino, sus grandes ojos de miosotis y sus densos rizos dorados. De or pur eran; no de ese color pajizo que hoy usurpa el nombre gracioso del oro, sino del oro que vibra en los rayos del sol o recela la materia extraña del ámbar; rizos que realzaban su rostro con nimbo de santidad sin arrebatarle su fascinación de pecadora. Lady Windermere era realmente un curioso estudio psicológico. Desde muy joven había descubierto la importante verdad de que nada se parece tanto a la ingenuidad como la imprudencia; y mediante una serie de travesuras, en su mayoría inofensivas, se había conquistado todos los privilegios de una personalidad. Más de una vez había cambiado de marido —el Debrett[1] al menos, cargaba en su haber tres matrimonios—, pero nunca había variado de amante, y la gente desde hacía tiempo había dejado de criticarla. Contaba cuarenta años, no tenía hijos y la impulsaba esa inmoderada avidez de placeres que es el secreto de la juventud perenne.
Súbitamente, Lady Windermere miró con ansiedad en torno suyo y preguntó con su voz clara de contralto:
—¿Dónde está mi quiromántico?