El Crimen de lord Arthur Saville
El Crimen de lord Arthur Saville —¿Su qué, Gladys? —inquirió la Duquesa, estremeciéndose involuntariamente.
—Mi quiromántico, Duquesa; no puedo vivir ya sin él.
—¡Querida Gladys! Usted siempre tan original —murmuró la Duquesa, intentando recordar el significado exacto de quiromántico.
—Viene a leer mi mano dos veces por semana —prosiguió Lady Windermere—; es interesantÃsimo.
«¡Dios mÃo! —se dijo para sà la Duquesa—, debe ser una especie de pedicuro. ¡Qué horror! Si siquiera fuese extranjero. No resultarÃa entonces tan desagradable».
—Voy a presentárselo a usted —propuso Lady Windermere.
—¡Presentármelo! —exclamó la Duquesa—; ¿no querrá usted decir que está aqu�
Y se apresuró a buscar en torno suyo su abanico de concha y su viejo chal de encaje, disponiéndose a huir a la primera alarma.
—Naturalmente que está aquÃ; sin él ni hubiera soñado en dar una fiesta. Dice que tengo una mano esencialmente psÃquica, y que si mi pulgar hubiera sido ligeramente más corto, habrÃa resultado una pesimista convencida y hubiese ido a dar en un convento.
—¡Ah, comprendo! —exclamó la Duquesa, tranquilizándose—. Por lo visto dice la buenaventura.