El Pescador y su alma

El Pescador y su alma

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La joven bruja lo miró hasta que el Pescador se perdió de vista. Volvió entonces a su gruta, sacó un espejo de un cofre de cedro labrado, y lo puso en un marco. Luego, sobre unas brasas, quemó delante del espejo un puñado de verbena, y miró atentamente a través de las espirales de humo.

Después de unos instantes cerró los puños iracunda:

—Debería haber sido mío —murmuró—, soy tan hermosa como el a.

Esa noche, al salir la luna, el joven Pescador trepó a la cima del monte, y esperó bajo las ramas del espino blanco. Al á abajo, a sus pies, se extendía el mar como una rodela de plata bruñida, y la sombra de las barcas de pesca moteaba la bahía de signos que resbalaban por la luz. Un gran búho, de amaril os ojos sulfúreos, lo l amó por su nombre... pero él no respondió. Y un perro negro lo persiguió gruñendo... él lo golpeó con una rama de sauce y el perro huyó lanzando gañidos lastimeros.

Las brujas l egaron a medianoche, volando por el aire como murciélagos.

—¡Whee-ho! —gritaban al tocar tierra—. Aquí hay uno a quien no conocemos.

Olfateaban alrededor, charlaban entre el as, y se hacían signos.


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