El Pescador y su alma
El Pescador y su alma El Pescador sintió un gran deseo de hacer lo que el a le pedía, y la siguió. Pero cuando estuvo cerca de él, sin saber por qué, hizo la señal de la cruz, invocando el Nombre Santo.
Al instante, las brujas emprendieron vuelo chil ando como halcones, y el rostro pálido que había estado mirando, se contrajo en con un espasmo de dolor. El hombre se dirigió al bosque y silbó. Un corcel con arreos de plata corrió a su encuentro. El hombre saltó sobre la sil a, se volvió, y miró tristemente, por última vez, al joven Pescador.
La Bruja de cabel os rojos también trató de levantar el vuelo, pero el Pescador la sujeto fuertemente por las muñecas.
—¡Suéltame! —gritó el a—. ¡Déjame ir, porque has nombrado lo que no debería nombrarse, y has hecho el signo que no debe verse!
—¡No! —replicó él—. No te dejaré ir hasta que me hayas dicho el secreto.
—¿Qué secreto? —preguntó el a forcejeando como un gato montés y mordiéndose los labios, blancos de espuma.
—¡Lo sabes muy bien! —dijo el joven.
Los ojos de la bruja, verdes como el pasto, centel earon de lágrimas, diciendo:
—¡Pídeme lo que quieras, menos eso!