El Pescador y su alma
El Pescador y su alma El joven Pescador ya no le contestó a su alma; cerró sus labios con un sel o de silencio, amarró sus manos con una cuerda, y emprendió el regreso hacia el lugar de donde había venido, hacia la bahía donde su amada cantaba. Aunque su alma lo tentó sin cesar durante todo el camino, el joven Pescador no respondió, ni quiso seguir ninguno de sus pérfidos consejos. Tan grande era la fuerza de su amor.
Cuando por fin l egó a la oril a del mar, liberó sus manos de la cuerda, levantó de sus labios el sel o de silencio y l amó a la sirenita. Pero esta vez el a no acudió a su l amada, a pesar de que él estuvo al í, implorando todo el día.
Su alma se burlaba, ahora, y le decía:
—Poca es la alegría que te produce tu amor. Eres como ese que, en tiempos de sequía, guarda su agua en un cántaro roto. Das lo que tienes y no recibes nada en cambio. Mejor será que te vengas conmigo, porque yo sé dónde está el val e de los Placeres, y las cosas que pasan al í.
El joven Pescador siguió sin responder a su alma, y en una quebrada de la roca, se construyó una cabaña, y habitó al í todo un año. Cada mañana l amaba a la sirenita, y todas las tardes la volvía a l amar, y pasaba las noches repitiendo su nombre.