El Príncipe feliz

El Príncipe feliz

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A la mañana siguiente, el Alcalde paseaba abajo, en la plaza, acompañado por los regidores de la ciudad.

Al pasar junto a la columna, miraron hacia la estatua:

-“¡Válgame Dios!” -excla mó-. “¡Qué desaliñado se ve el Príncipe Feliz!”

-“¡De veras, qué andrajoso!” -añadieron los regidores de la ciudad, que siempre estaban de acuerdo con el Alcalde; y se acercaron y subieron a examinarla.

-“El rubí se ha caído del puño de su espada, los ojos han desaparecido, y ya no tiene nada de oro encima”

-dijo el Alcalde-. “En verdad casi no se diferencia de un mendigo.”

-“No se diferencia de un mendigo” -repitieron los regidores de la ciudad.

-“¡Y aquí se encuentra un pajarillo muerto a sus pies!” -continuó el Alcalde.

-“Debemos promulgar un bando, prohibiendo que los pajaros mueran aquí.” Y el Alguacil de la ciudad tomó nota de esta iniciativa.

Así fue como bajaron la estatua del Príncipe Feliz. “Ya que habiendo dejado de ser hermoso, ya tampoco era útil”; dijo el Profesor de Arte de la Universidad.

Entonces fundieron la estatua en un gran horno, y el Alcalde convocó a una reunión para decidir lo que debería hacerse con el metal.


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