El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray Lord Henry alzó las cejas y lo miró con asombro a través de las delgadas volutas de humo que, al salir de su cigarrillo con mezcla de opio, se retorcían adoptando extrañas formas.
—¿No lo vas a enviar a ningún sitio? ¿Por qué, mi querido amigo? ¿Qué razón podrías aducir? ¿Por qué sois unas gentes tan raras los pintores? Hacéis cualquier cosa para ganaros una reputación, pero, tan pronto como la tenéis, se diría que os sobra. Es una tontería, porque en el mundo sólo hay algo peor que ser la persona de la que se habla y es ser alguien de quien no se habla. Un retrato como ése te colocaría muy por encima de todos los pintores ingleses jóvenes y despertaría los celos de los viejos, si es que los viejos son aún susceptibles de emociones.
—Sé que te vas a reír de mí —replicó Hallward—, pero no me es posible exponer ese retrato. He puesto en él demasiado de mí mismo.
Lord Henry, estirándose sobre el sofá, dejó escapar una carcajada.
—Sí, Harry, sabía que te ibas a reír, pero, de todos modos, no es más que la verdad.