El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray —No me entiendes, Harry —respondió el artista—. No soy como él, por supuesto. Lo sé perfectamente. De hecho, lamentarÃa parecerme a él. ¿Te encoges de hombros? Te digo la verdad. Hay un destino adverso ligado a la superioridad corporal o intelectual, el destino adverso que persigue por toda la historia los pasos vacilantes de los reyes. Es mucho mejor no ser diferente de la mayorÃa. Los feos y los estúpidos son quienes mejor lo pasan en el mundo. Se pueden sentar a sus anchas y ver la función con la boca abierta. Aunque no sepan nada de triunfar, se ahorran al menos los desengaños de la derrota. Viven como todos deberÃamos vivir, tranquilos, despreocupados, impasibles. Ni provocan la ruina de otros, ni la reciben de manos ajenas. Tu situación social y tu riqueza, Harry; mi cerebro, el que sea; mi arte, cualquiera que sea su valor; la apostura de Dorian Gray: todos vamos a sufrir por lo que los dioses nos han dado, y a sufrir terriblemente.
—¿Dorian Gray? ¿Es asà como se llama? —preguntó lord Henry, atravesando el estudio en dirección a Basil Hallward.
—SÃ; asà es como se llama. No tenÃa intención de decÃrtelo.
—Pero ¿por qué no?