El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray Dorian se alzó entonces de la mesa, encendió un cigarrillo y se dejó caer sobre un diván extraordinariamente cómodo, situado delante del biombo. El biombo era antiguo, de cuero español dorado, estampado con un dibujo Luis XIV demasiado florido. Dorian lo examinó con curiosidad, preguntándose si habrÃa ocultado ya alguna vez el secreto de una vida.
¿DebÃa realmente apartarlo, después de todo? ¿Por qué no dejarlo donde estaba? ¿De qué servÃa conocer la verdad? Si resultaba cierto, era terrible. Si no, ¿por qué preocuparse? Pero ¿y si, por alguna fatalidad o una casualidad aún más terrible, otros ojos hubieran mirado detrás del biombo, comprobando el horrible cambio? ¿Qué harÃa si se presentara Basil Hallward y pidiese contemplar el cuadro? Era seguro que Basil acabarÃa por hacer una cosa asÃ. No; tenÃa que examinar el retrato, y hacerlo de inmediato. Cualquier cosa mejor que aquella espantosa duda.
Se levantó y cerró las dos puertas con llave. Al menos estarÃa solo mientras contemplaba la máscara de su vergüenza. Luego apartó el biombo y se vio cara a cara. Era totalmente cierto. El retrato habÃa cambiado.